El rebaño pequeño (3ª parte)


Autor: Wim Malgo

En esta última de tres entregas, el autor nos introduce aún más en el secreto del rebaño pequeño, que aprende a vivir la vida de resurrección de Cristo a través de las dificultades. Esta vida, todavía escondida en Cristo, se manifestará en gloria en la venida del Señor.


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PE3093 – El rebaño pequeño (3ª parte)



Me gustaría leer hoy con ustedes un episodio muy interesante de la vida del profeta Eliseo y su criado. Está en el segundo libro de Reyes, capítulo 6, a partir del versículo 15:

“Y cuando el que servía al hombre de Dios se levantó temprano y salió, vio que un ejército con caballos y carros rodeaba la ciudad. Y su criado le dijo: ‘¡Ah, señor mío! ¿Qué haremos?’ Y él respondió: ‘No temas, porque los que están con nosotros son más que los que están con ellos’. Eliseo entonces oró, y dijo: ‘Oh SEÑOR, te ruego que abras sus ojos para que vea’. Y el SEÑOR abrió los ojos del criado, y miró que el monte estaba lleno de caballos y carros de fuego alrededor de Eliseo”.

Hasta aquí la Palabra del Señor.

 

Hemos venido hablando, ya durante dos programas, de un grupo muy especial que el Señor Jesús llamó “rebaño pequeño”. Se compone de hombres y mujeres que aman a Jesús y recibieron la salvación por la fe en Él. A pesar de que este rebaño es pequeño y débil e incluso está siendo perseguido en muchos países en el mundo, en cuanto a las promesas de Dios dispone de riquezas espirituales que sobrepasan toda imaginación.

 

En el programa pasado abordamos la pregunta de por qué muchos hijos de Dios están desalentados a pesar de todas las promesas que han recibido de Dios. Y creo que el texto bíblico que acabamos de leer nos da una respuesta. Pues muchas veces nos pasa como al criado del profeta Eliseo. Él veía a los enemigos armados que rodeaban la ciudad, pero no se daba cuenta de la presencia de los ejércitos del cielo, muchísimo más poderosos, que estaban con él y su amo. La falta de fe nos enceguece, de manera que no vemos la realidad espiritual. No somos capaces de percibir la presencia del Dios vivo, quien lucha a favor de nosotros, y de sus ejércitos celestiales que nos rodean. Con frecuencia, los hijos de Dios nos deprimimos y amedrentamos por falta de fe. Nos ponemos a pensar como piensa el mundo y a ver como ve el mundo. Pues la incredulidad cree lo que ve, pero la fe ve lo que cree.

Sí, a muchos nos pasa como al criado de Eliseo, totalmente enfocado en lo material y visible. Y lo que percibía era impresionante: Una gran potencia enemiga con carros y caballos había cercado la ciudad, mientras que él y Eliseo eran tan solo un pequeño grupo de dos personas indefensas. El profeta, sin embargo, vio más allá de la realidad física y exclamó: “No temas, porque los que están con nosotros son más que los que están con ellos”.

 

Eliseo sabía muy bien que pertenecía al pequeño rebaño de Dios, y que este, a los ojos de Dios, era infinitamente más grande, poderoso y glorioso que todos sus adversarios. Por eso oró por su siervo, pidiendo a Dios que le abriera los ojos espirituales.

 

Hoy pienso en ti, mi hermana desalentada, mi hermano intimidado y deprimido. Mi oración es que Dios abra nuestros ojos espirituales y podamos ver la gran nube de testigos, al ejército de ángeles, sí, al mismo Señor Jesucristo, quien tiene todo el poder y está alrededor de nosotros. El que logra percibir esta verdad espiritual, puede exclamar con el apóstol Pablo: “Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó”.

 

Siguiendo con nuestro tema, mencionaremos ahora la tercera razón por la cual, como creyentes, pertenecemos a un grupo insignificante y débil a los ojos del mundo. Es el hecho de que la vida nueva y eterna que hemos recibido de Dios está todavía escondida en nosotros; está envuelta en nuestros frágiles cuerpos terrenales sujetos a las enfermedades y el cansancio. Por eso hay una paradoja en la vida del cristiano. La sentimos continuamente, ya que, por un lado, somos débiles, pero por el otro, fortalecidos en Dios; estamos tristes, pero al mismo tiempo gozosos en Dios. En la segunda carta a los Corintios, el apóstol Pablo nos explica la causa de esta paradoja. Allí dice, en el capítulo 4:

“Pero tenemos este tesoro (la vida de Cristo) en vasos de barro (nuestros cuerpos), para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros”.

Estamos en camino hacia la gloria, pero todavía viajamos de incógnito. Todavía estamos vestidos de debilidad y fragilidad. Pablo sigue hablando de esta paradoja y dice en el versículo 8:

“Afligidos en todo, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados, derribados, pero no destruidos”. Luego concluye triunfalmente en el versículo 16: “Por tanto, no desfallecemos”.

Mi hermano, mi hermana en Cristo, que quizás estás sin fuerza: No tienes por qué dejarte desanimar por tu fatiga e impotencia. Tienes un gran tesoro escondido en tu corazón: el Espíritu Santo, que mora en ti y obra con el poder de Dios en y a través de tu miseria.

 

Y con esto llegamos a la última razón por la cual pertenecemos al rebaño pequeño y tiene mucho que ver con lo que acabamos de decir. Esta razón es algo sublime: la presencia real, pero invisible, del Dios eterno en tu vida.

Sí, Dios es invisible, pero real. De la misma manera, Su fuerza en nosotros es invisible y en general no la sentimos físicamente, sin embargo, es una realidad. A ella se refiere Pablo, cuando habla en Efesios 3:20 de “Aquel que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros”.

 Si perteneces a Cristo, tu vieja vida débil y pasajera ya murió. Colosenses capítulo 3 nos lo dice con toda claridad:

“Porque ustedes han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios”. Hay creyentes que no están conscientes de que Jesucristo, el Señor de señores, Rey y Vencedor, vive en ellos. Les pasa como a Jacob en el Antiguo Testamento, que se encontraba en una situación deplorable, habiendo tenido que huir de su casa. Cuando vino la noche se cayó al suelo, ya sin fuerzas. Encontró solo una piedra donde recostar su cansada cabeza. En esa noche le apareció el Señor en sueños y le dio maravillosas promesas para él y su descendencia. Entonces leemos en Génesis 28:16:

“Despertó Jacob de su sueño y dijo: ‘Ciertamente el SEÑOR está en este lugar y yo no lo sabía’”.

 Tú que perteneces al rebaño pequeño por la fe en Jesucristo:

¿Has olvidado que el Señor de señores y Rey de reyes está contigo, alrededor de ti y en ti? ¿O quizás nunca te enseñaron esta verdad?

 

Tenemos que aprender a vivir conforme a esta grandiosa realidad. Para esto, Dios tiene que atraernos aún más a la presencia de Jesús, el Crucificado, que se despojó de su gloria y en la cruz sufrió el total abandono de parte del Padre, por amor a nosotros. Es allí, en la soledad y el abandono, que desplegó todo el poder de su amor.

 

Quizás tú te sientes, en este momento, solo y abandonado; pero es justamente allí donde el Señor está especialmente cerca. Allí Él se te revela y te enseña a aferrarte a Él, a depender solo de Él. Todos necesitamos estos tiempos de soledad, quizás de decepción, en los cuales aprendemos a contar aún mucho más con la presencia invisible, pero real, de Cristo en nosotros.

 

Para terminar, quisiera dar todavía un paso más, mostrando aún más bendiciones de las cuales disfruta el rebaño pequeño precisamente por su pequeñez y debilidad. Pues estas nos enseñan a identificarnos con Jesús en Su muerte. Solo el que entrega su propia vida egocéntrica en la muerte de Jesús, vivirá con Él en novedad de vida, esta vida de resurrección, donde el Señor Jesucristo es el centro.

 

El rebaño pequeño, cuya identidad está todavía oculta a los ojos del mundo, un día – ¡quizás muy pronto! – se hará visible. Se manifestará junto a Cristo en Su retorno a la tierra, como lo dice Colosenses 3:

“Cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces ustedes también serán manifestados con Él en gloria”.

¡Entonces el rebaño ya no será pequeño, sino que formará una multitud incontable, que alabará y aclamará al Cordero con gran gozo!

 

Por eso un llamado urgente hoy para nosotros:

¡Perseveremos en la santificación y en la obediencia a la fe!

Leemos en Apocalipsis 3:4 la siguiente exhortación del Señor Jesucristo a la Iglesia:

“Pero tienes unos pocos en Sardis que no han manchado sus vestiduras, y andarán conmigo vestidos de blanco, porque son dignos”.

¡Qué triste y serio es lo que dice aquí el Señor! Son solamente “unos pocos” los que no mancharon sus vestiduras. Sí, el rebaño es pequeño; sin embargo, ¡llegará el día en el cual será manifestado con Cristo en gloria!

 

Termino con una pregunta, la más importante de tu vida: ¿Perteneces tú a este rebaño pequeño?

Amén.

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