Negarse a retroceder (2ª parte)


Autor: Johannes Pflaum

En este tiempo, hay muchas opiniones en publicaciones, transmisiones, debates y enseñanzas sobre la fiabilidad de la Biblia. ¿Cómo estamos haciendo frente a la avanzada que relativiza el mensaje del Evangelio?, ¿somos complacientes para no caer mal?, o damos testimonio tal cuál fue dado por el Señor?

 


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PE3095 – Negarse a retroceder (2ª parte)



Por naturaleza, los seres humanos somos reacios al sufrimiento. Hasta ahora no conozco a nadie que disfruta ir al dentista para someterse a un tratamiento de conducto sin anestesia. Además de ser reacios al sufrimiento, la libertad y prosperidad a las cuales nos hemos acostumbrado, nos han ablandado bastante. Debemos estar agradecidos por todo lo bueno, pero no pasemos por alto el peligro de que nuestro sistema inmunológico espiritual se debilite por “demasiado de lo bueno”.

 

Además, nos influye, consciente o inconscientemente, la filosofía materialista de nuestro tiempo sea este el materialismo marxista, o el materialismo capitalista.

Portarse varonilmente, como lo manda la palabra de Dios, es considerado algo tóxico en nuestros días. Cualquiera que adopte una postura clara en contra del espíritu del tiempo es pronto vilipendiado y cancelado. Así que muchos consideran que es mejor callarse y adaptarse, en lugar de exponerse. Ralf Schuler, antiguo jefe de la oficina parlamentaria del periódico Bild, denuncia esta tendencia en su libro “La generación que marcha al compás – cómo seguir la corriente se convirtió en un deporte popular”. En cuestiones de aborto, ideología de género, cambio climático, cualquiera que no marche al unísono ideológico es cancelado. En ese libro, que no es un libro cristiano, Schuler recuerda una conversación con un político alemán que lamentaba:

“La gente ya no quiere luchar”, dando por sentado que el consenso y la transigencia eran la nueva tendencia. Se creía que esa actitud algún día incluso resolvería el problema prácticamente insoluble de encontrar un lugar de almacenamiento definitivo para los desechos nucleares.

 

Pero no me interesa hablar de la energía nuclear, sino de la filosofía que predomina en el tiempo actual, que ya no tiene convicciones claras, ni en cuestiones políticas ni éticas. La ética sexual que se proclama hoy, no solo predica una tolerancia ajena a la Biblia, sino una destrucción deliberada de las enseñanzas morales judeocristianas que durante mucho tiempo formaban la piedra angular de la sociedad. Además, el espíritu postmoderno rechaza y combate cualquier pretensión de verdad absoluta. Todo esto no es otra cosa que un ataque frontal al evangelio y a la Biblia como revelación de Dios y reivindicación de verdad absoluta.

 

Esto nos lleva al gran desafío: ¿Cómo mantenernos firmes en nuestro testimonio acerca de Jesús y del evangelio? ¿Cómo defendemos la verdad bíblica y nuestras convicciones fundadas en ella? ¿Estamos en el peligro de callarnos y adaptarnos para evitar dificultades?

 

Durante el tiempo del gobierno Nazi en Alemania se había formado una aberrante teología que se llamaba “cristianismo positivo”. Era un artilugio para engañar a la gente haciéndole creer que la ideología nazi tenía una relación positiva con el cristianismo, cuando en realidad era una flagrante contradicción de la fe bíblica. Hoy en día corremos el peligro de inventarnos nuevamente un “cristianismo positivo”; es decir, solo hacemos hincapié en las verdades que la corriente dominante y el espíritu de la época perciben como “positivas”, pero preferimos omitir lo que despierta oposición y podría dañar nuestra imagen.

 

Por supuesto, seamos sabios y no brutos o atropellados. Queremos llegar a la gente. Pero esto no significa que debamos ocultar la verdad solo porque puede provocar una reacción reacia.

 

¿Tenemos todavía el valor de hablar del cielo y del infierno,

de la salvación y de la condenación, del pecado y del perdón,

del amor y de la ira de Dios?

 

¿Citamos tan solo ciertas partes de los versículos bíblicos, omitiendo lo que podría generar oposición? Leemos, por ejemplo, en un funeral las palabras de Juan 3:18: “El que en él cree, no es condenado”. Sin embargo, el versículo sigue y dice así: “Pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios”.

 

Lo mismo pasa en las ceremonias matrimoniales: ¿Hablamos solo de respeto y sumisión mutua, o nos atrevemos a leer Efesios 5:22-25, Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor;” y Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” ?

 

 Lo mismo vale para las conversaciones personales. ¿Tenemos todavía el valor de ir en contra de la corriente, defendiendo una clara posición bíblica en temas de ética sexual, o solo decimos lo que pensamos cuando estamos con personas que piensan igual que nosotros?

 

Hablemos la verdad con amor y sabiduría. para que las personas se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, independientemente de su estilo de vida anterior. Esto incluye ver las cosas y nombrar las cosas como lo hace la Biblia, y no callar u ocultarlas.

 

Pensemos en la imagen de un ejército que se niega a retroceder, aunque el enemigo ataque de frente. Esto es mantenerse firme. Incluso en el ámbito evangélico hemos abandonado la lucha por una posición clara. La lucha por la verdad se asocia muy rápidamente con la falta de misericordia, la falta de humildad o la falta de aprecio por la unidad.

 

Por supuesto, no debemos provocar por provocar ni actuar con soberbia, pero es imprescindible que con toda humildad adoptemos una postura inequívoca en favor de la verdad, aunque no seamos escuchados con agrado y nuestro índice de popularidad vaya menguando por ello.

Vivimos en una época en la que la gente pone más atención en cómo decimos las cosas que en qué decimos.

Esto comienza con el tema de la autoridad e inspiración de la Biblia: ¿Es la Biblia realmente inspirada por Dios? ¿Solo contiene la revelación divina o es la revelación de Dios? ¿Es la Escritura infalible solo en sus afirmaciones sobre la salvación o también en sus afirmaciones históricas y científicas?

 

Observamos un retroceder en todos estos temas y debemos tener el valor de mantenernos firmes en la verdad de las Sagradas Escrituras, eternas, divinas e inerrantes en todos los ámbitos.

 

La influencia de la crítica bíblica está aumentando constantemente también en el campo evangélico. Una hermenéutica sensible a la cultura, la llamada exégesis contextualizada, también le abre la puerta al pensamiento crítico bíblico.

 

Se intenta distinguir entre el contenido atemporal y la forma de expresión condicionada por la época –por ejemplo, en relación con las palabras de San Pablo en 1 Timoteo 2 donde la escritura dice: La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio.”. La cuestión ya no es si esta prohibición sigue vigente hoy, sino si sigue siendo cosa ofensiva en nuestro contexto cultural que una mujer enseñe a la congregación.

 

Con palabras altisonantes, la verdad bíblica es deconstruida por los llamados post-evangélicos. Su forma de pensar no es en principio nada nuevo: relativiza el concepto bíblico de la verdad. El teólogo suizo Roland Hardmeier, aunque advierte y ve los peligros, también muestra cierta comprensión por los post-evangélicos y sus preguntas. Él escribe:

“El pluralismo posmoderno corroe el concepto cristiano de la verdad. 500 años después de la Reforma, la cuestión de la verdad del evangelio se plantea con nueva urgencia. Pero lo que se necesita es un corazón que escuche y una mente alerta: las crisis no se superan erigiendo baluartes, sino escuchando humildemente los argumentos de los críticos, estando dispuestos al cambio y con una actitud de responsabilidad frente a las Escrituras”.

 

Para empezar, el término “humildad” está fuera de lugar cuando se trata de la verdad bíblica. Lo que aquí se requiere es reverencia al Señor y a su Palabra, no humildad ante los planteamientos críticos contra la Biblia. Por otra parte, una frase debe encender de inmediato las luces de alarma: “Las crisis no se superan erigiendo baluartes”. En 1 Timoteo 3:15, el apóstol Pablo llama a la Iglesia “columna y baluarte de la verdad”.

 

Así, pues, la crisis solo puede superarse construyendo un baluarte contra la descomposición de la verdad divina, y la Iglesia, como columna de la verdad, la defiende y la sostiene.

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