"Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu."

1 Pedro 3:18


Een el momento en que Jesús murió y exhaló su vida, nos condujo de vuelta hacia Dios. Ese es el grandioso significado de Mateo 27:50-51: "Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu.


Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo..." Eso quiere decir que, en el mismo momento en que Jesús murió, Dios mismo nos abrió su morada, el lugar santísimo, el cual hasta ese momento estaba cerrado por causa del pecado. Esa apertura fue conseguida por la muerte de Jesucristo. Su último grito y el rompimiento del velo, delante del lugar santísimo, ocurrieron al mismo tiempo, de modo que el autor de la carta a los Hebreos dice:


"Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero..." Esto es válido para nosotros, los que creemos en el Señor. Por la muerte de Jesús se abrió el velo de la separación y, ahora, podemos entrar al lugar santísimo.